Shakespeare Garden
Abril 6, 2009
“El jardín de Shakespeare se inauguró en 1916 por iniciativa de la Shakespeare Society para conmemorar los primeros trescientos años desde la muerte del bardo. Sin embargo, tras sucesivas administraciones apáticas el jardín fue cediendo su grandeza ante el empuje de las malas hierbas y los vándalos. En 1980, el terreno fue recuperado por los conservadores de Central Park y ahora, en estos primeros días del nuevo milenio, era cuidado amorosamente por un celoso jardinero.
De las casi doscientas flores, hierbas salvajes, árboles y plantas cuyos nombres Shakespeare plantó en sus obras, menos de la mitad había conseguido agarrar y florecer en este pequeño jardín.
Algunas tienen placas con los versos donde son mencionadas, para reconocer las demás hay que contar con la paciencia del amable jardinero que suele estar demasiado ocupado cuidando sus flores como para hablar de ellas.
Molly no sube con frecuencia al norte de Manhattan pero cuando viene por aquí, aquí es donde viene.”
Ficha:
El hombre que inventó Manhattan de Ray Loriga, 2004
El Shakespeare Garden all se hace referencia esta situado en el Central Park West de New York, aunque existen más de una docena de jardines dedicados a la obra del dramaturgo inglés situados por todo el mundo.
Sinfonía
Enero 23, 2009
Cuando a Yves le preguntaban el por qué, solía contar una historia de la antigua Persia:
Un flautista comenzó un día a tocar tan sólo un único tono contínuo. Al seguir así a lo largo de unos veinte años, su esposa le hizo ver que todos los demás flautistas tocaba tonos armónicos y melodías completas y que quizá aquello resultara más variado. Pero el flautista monótono contestó que no era culpa suya si él ya había encontrado la nota que los otros todavía estaban buscando.

Frío
Enero 10, 2009
Hace mucho tiempo, en algún lugar de Japón, vivía una pareja de ancianos muy pobres. Se encontraban muy tristes pues era la víspera de Año Nuevo y no tenían qué comer. La anciana dijo: “He hecho unos adornos para el cabello. Si los vendemos podríamos comprar comida.” El anciano le contestó: “De veras? Gracias! Voy a salir para venderlos.”
Ese día hacía mucho frío y nevaba bastante. En el camino se encontró con unos Jizo (dios del bien representado mediante una estatua de piedra al costado del camino). El anciano, dirigiéndose a las estatuas dijo: “Tienen frío, no?” y retiró la nieve que tenían sobre la cabeza.
El anciano llegó a la ciudad y la recorrió por todas partes, pero no pudo vender nada. Tras muchas horas, un hombre se le acercó y le dijo: “Hoy no es un buen día. Yo tampoco he podido vender mis kasa (paraguas). Hacemos un cambio? Yo te doy kasa y tú me das adornos para el cabello. Si tenemos suerte, si cada uno vende cosas diferentes, conseguimos algo.” El anciano le contestó: “Si, está bien. Hagamos el trueque.”
Al final del día, el anciano no pudo vender nada y decidió regresar. Camino a casa, de nuevo se encontró con los Jizo y les dijo: “Usen esto, por favor” y les puso los kasa que no pudo vender. Pero faltaba uno para el Jizo más pequeño. El anciano se quitó una toalla que tenía en la cabeza que utilizaba para protegerse de la nieve y se la puso.
Esa noche le contó a su mujer sobre lo ocurrido y ella le dijo: “Hiciste bien. Estoy muy contenta.” En ese momento, oyeron un ruido extraño que venía de afuera. Se asomaron y se sorprendieron al ver comida y ropas. A lo lejos se veían a los Jizo alejándose en fila.
[Fuente: Urban Nikkei]
La camisa del hombre feliz
Mayo 5, 2008
No sé porqué pero hoy me ha venido a la cabeza el cuento de Tolstoi.
Recuerdo leerlo, y releerlo cuando era pequeña.
Y aunque nunca fue de mis favoritos, realmente es una historia preciosa.
***
En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países.
Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle.
El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin embargo fue un trovador quien pronunció:
—Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.
Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra, pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos.
Mas una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea:
—¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?
Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar ordenó inmediatamente:
—Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida!
En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante.
Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante, mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:
—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre!
—Señor -contestaron apenados los mensajeros-, el hombre feliz no tiene camisa.
San Jorge y el dragón
Abril 23, 2008
Soleado día de San Jorge en Zaragoza.
Feria del libro, comida de peñistas en el parque, música, amigos…
Y a unos cientos de kilómetros, en pleno Passeig de Gràcia, el dragón vencido corona majestuoso la Casa Batlló.

Rodeado de huesos de aldeanos devorados, observa desde su infinito reposo las rosas, los libros, los pasos perdidos en las cardelinas de cemento.
En su lomo, deslumbrante, luce hendida la espada de San Jorge. La que lo ancló para siempre al paseo.
Ficha:
Casa Batlló.
Passeig de Gracia 43, Barcelona
Reforma de la casa de los Batlló de Antoni Gaudí entre 1904-1906